Octubre 26, 2008 at 1:07 pm (Relatos, Trabajos universidad)

Desde que tengo recuerdos, mi familia y yo vamos un domingo al mes a ver a mis abuelos. Hasta hace unos seis años vivían en un edificio de Benidorm, el típico con 22 pisos y una gran piscina comunitaria. Cuando se jubilaron, poco antes de que mi abuela enviudara, se mudaron a una urbanización en las afueras de l’Alfás del Pi donde la mayoría de vecinos eran alemanes.

Ser la nieta mayor tenía el inconveniente de que, hasta el nacimiento de mi hermana, yo era la única niña en estas visitas. Mientras los adultos hablaban de cosas que no entendía, yo me aburría y ojeaba números atrasados de la Cosmopolitan o de Hola! o veía los aburridos programas que emiten por la televisión cada domingo. Alguna mañana dábamos una vuelta por el mercadillo, pero siempre volvíamos pronto porque había que hacer la comida… y mi abuela cocinaba como si durante el resto de la semana no nos alimentáramos.

Sé que mi abuelo aún vivía. Sin embargo, no soy capaz de ubicarlo en ninguna de esas escenas. Supongo que es porque él seguía su propia rutina: antes de comer, se iba con mis tíos al bar para refrescarse; con el estómago ya lleno, se sentaba en su sillón favorito a dormir, roncando como yo no había escuchando antes.

Cuando mi hermana nació, se rompió ligeramente el ritmo de estas visitas. Pocos meses después nació mi primer primo por parte materna, así que ya no era posible aburrirse.

Aquel día mi hermana no tendría más de cuatro años y  yo rondaba los doce. Fue una visita normal, de la que no recuerdo nada en especial. Imagino que mi abuelo cumplió su ritual, que mi abuela le hablaría a mi madre de gente que no recordaba, que mis tías hablarían de trabajo y que ya habrían comenzado las primeras discusiones por el testamento de mi bisabuelo. Lo de siempre.

El problema vino durante las despedidas. No me gustaba tener que besar a todos así que aprovechaba que siempre abrían la puerta antes de tiempo para salir al rellano con mi hermana y esperar allí a nuestros padres. Nuestra coartada era que, como había tantos vecinos, teníamos que estar atentas a que el ascensor se desocupara para llamarlo, si no, nunca podríamos salir de allí.

Mientras mi abuela le daba a mi madre alimentos de su último viaje al pueblo, mi tía nos dijo que, si el ascensor seguía ocupado, siempre podíamos bajar por las escaleras.

Y entonces fue cuando ocurrió.
No sé cómo.
No recuerdo que bajara la guardia.
Sólo puedo decir que mi madre me preguntó extrañada por mi hermana y la pequeña ya no estaba a mi lado.
No había subido al ascensor.
No había nadie más que nosotros.
No había ninguna forma de salir de allí sin que la viéramos.
Y, sin embargo, no estaba.

Recorrieron buena parte del edificio buscándola.
Intentaron pedir ayuda a los vecinos.
Y seguía sin aparecer.
Yo seguía sin entender cómo era posible que se hubiera ido si no había dejado de hablar con ella en ningún momento.

Tras unos veinte minutos de angustia y tensión, alguien dijo que avisáramos a la policía que una niña tan pequeña no podía irse por su propia voluntad. Un eufemismo de “alguien se la ha llevado”.

Por suerte, no hizo falta descolgar el teléfono. La vecina del último piso apareció con ella de la mano. Se la había encontrado desorientada en su puerta llamando a nuestra abuela. Después nos dijo que, como el ascensor seguía sin venir, hizo caso a mi tía y bajó por las escaleras… pero confundió bajar con subir y llegó hasta la última planta.

Ahora, mi abuela vive en una casita de una planta y tiene tres nietas de cuatro años que revolotean como mi hermana aquel día.
Ahora, nadie les quita ojo de encima.
Y la puerta, siempre está cerrada.

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19 de octubre, día internacional del cáncer de mama

Octubre 19, 2008 at 4:40 pm (Actualidad) (, )

Cada año se diagnostican en España 15.000 nuevos casos de cáncer de mama en mujeres. A pesar de que su tasa de curación es del 60%, porcentaje que aumenta hasta el 90% si se realiza una detección precoz, cada diagnóstico supone un drástico cambio de vida para la paciente. A los problemas físicos se unen también los psicológicos ya que se trata de una enfermedad difícil de asumir.

Con el fin de que este trance sea lo menos doloroso posible, en 1998 surge en Elche la asociación AMACMEC, formada por mujeres de la ciudad y comarca afectadas por esta enfermedad.
A través de sus servicios de psicología, ginecología, fisioterapia y asistencia social tratan de apoyar a todas las mujeres y familiares que lo necesiten.

Durante estos diez años de existencia, la asociación ha realizado tareas de difusión y prevención mediante conferencias y mesas informativas con el fin de dar a conocer esta enfermedad a toda la población.
Las socias se reúnen todos los martes de cada mes para intercambiar experiencias y asisten a charlas o realizan actos más lúdicos como talleres de manualidades y yoga.

Gracias a todas estas actividades y al trabajo del equipo de voluntarios, se reduce el estrés y la ansiedad ya que no sólo se recibe la información médica necesaria, también se crean lazos emocionales importantes que sirven de gran apoyo y alejan a la mujer de la soledad y el miedo.

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Sonrisa empaquetada

Octubre 19, 2008 at 4:32 pm (Relatos, Trabajos universidad)

Se llamaba Kahndan, que en su idioma nativo significaba sonrisa. Su nombre la definía bien: tiempo atrás fue una risueña y coqueta niña que disfrutaba jugando con su hermana, Boosah, y persiguiendo a su pequeño perro.

Ahora, tenía ocho años, aunque sus oscuros ojos habían vivido más que los de cualquier adulto. Su madre murió mientras daba a luz al que hubiera sido su tercer hermano. Su padre, deprimido, enfermó poco después.

Cuando los dos vivían, Kahndan iba todas las mañanas al colegio donde empezaba a tomar contacto con la escritura y los números. Siempre había soñado con ser enfermera, quería curar al resto de niños y, aunque sus padres sabían que era casi imposible que lo lograra, la animaban a que lo intentara. En los descansos era habitual escuchar su risa mientras jugaba con el resto de niñas. Después, volvía corriendo a casa para ayudar a su madre a limpiar la casa y a cuidar de la pequeña huerta, principal fuente de alimentación de la familia.

El único recuerdo que le quedaba de todo aquello era la canción que su madre tarareaba mientras le trenzaba el pelo antes de ir a clase. Una melodía que ocupaba gran parte de sus pensamientos ahora que se sentía sola y abatida. Eso, y una pequeña caja de cartón de la que no se separaba nunca.

Tenía ocho años, sí, pero ya no era una niña y la crudeza de sus facciones lo demostraba. El Sol oscureció su piel, el trabajo en el campo le quitó toda la suavidad a sus manos y la escasez de los alimentos fue la culpable de que dejara de crecer tan pronto y perdiera peso a un gran ritmo.

Kahndan seguía siendo coqueta, seguía peinando su pelo con una trenza aunque se deshacía continuamente por culpa del viento. Intentaba mantener su ropa todo lo limpia que podía, pero la arena del desierto se lo ponía difícil.

No apareció más por la escuela, asumió la responsabilidad de la casa y se ocupó de su hermana. Su sueño de ser enfermera quedó en eso, un sueño inalcanzable, y la realidad le abofeteó con más fuerza de la que su joven mente era capaz de soportar. Aún así, nunca lloró. Aceptó con madurez la situación y luchó para que su hermana viviera lo mejor posible.

No contaba con la ayuda de ningún vecino, eran tiempos de pobreza y nadie lo estaba pasando mejor que ellas. Ya no había niños, ahora todos trabajaban como adultos tanto si tenían doce años como si aún no había cumplido los cinco.

Pero ¿por qué era tan importante para ella esa caja? Nadie sabía lo que guardaba, jamás la abría en público, y la defendía con todas sus fuerzas si otros pequeños adultos intentaban arrebatársela.

Guardaba su pasado, pequeños objetos que le recordaban que hacía no mucho tiempo había sido la niña más feliz de la zona. El día que cumplió seis años, su padre le regaló una muñeca hecha con retales de ropas viejas y paja. Su hermana recorrió el poblado en busca de flores o plantas para poder hacerle un ramo, tarea difícil con la sequía permanente que sufrían. Meses más tarde, su madre y ella dedicaron una lluviosa tarde a pintar piedrecitas con arcilla.

Cuando Boosah dormía, se sentaba en un pequeño rincón de la choza y vaciaba la caja sobre el suelo. Entonces, jugaba y se comportaba como la niña que nunca dejó de ser. Sus ojos volvían a iluminarse y su pequeña carita volvía a llenarse con esa sonrisa que, en otro tiempo, había llenado de felicidad a toda una familia.

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La excepcionalidad de lo cotidiano

Octubre 9, 2008 at 6:39 pm (Relatos, Trabajos universidad)

La pequeña parcela triangular había sufrido muchos cambios desde sus inicios.

Había sido concebida como una plaza rodeada de frondosos y altos árboles, que conseguían darle un aspecto oscuro y misterioso, y situada ligeramente por encima del nivel de la calle, lo que obligaba a acceder a ella mediante unas rampas instaladas en las dos entradas. Una plaza que, en aquellos años, formaba parte del barrio más joven de la ciudad, una zona que casi podría considerarse de las afueras.

Tras unos cuantos años, y después de un largo historial de resbalones y quejas vecinales, comenzaron las obras que la convirtieron en un luminoso parque totalmente plano y rodeado de jardineras que lo teñían de diferentes matices según la estación del año. La construcción, como aseguraron los promotores, había integrado al barrio con el resto de la ciudad y los habitantes ya no tenían la sensación de abandono que les apoderó al adquirir sus viviendas.

Lo único que había permanecido invariable al paso del tiempo era ese olor característico a carburante que nacía en una gasolinera ubicada en la acera de enfrente. Un olor que al mediodía, especialmente durante los fines de semana, se entremezclaba con el aroma de la comida preparada para llevar de un par de restaurantes cercanos. Una mezcla que, sin duda, dotaba al lugar de una atmósfera propia que la diferenciaba del resto de zonas verdes de la ciudad.

Las últimas obras no sólo trajeron la luz al jardín, también lo llenaron de cómodos bancos que solían permanecer ocupados.

Por el día era frecuente encontrar allí a los más mayores del barrio que se concentraban desde primeras horas de la mañana para compartir las reflexiones del día o simplemente leer el periódico en compañía y olvidar, por unos momentos, que la soledad les esperaba pacientemente en casa. No estaba escrito en ningún sitio pero cada uno tenía su sitio reservado en los bancos y si alguien faltaba a su cita más de dos días seguidos, el resto le llamaba por teléfono o se acercaba a su vivienda para comprobar que todo estaba bien.

Cuando caía la tarde les cedían su puesto a las madres que comían pipas y debatían entre ellas sin perder de vista a sus hijos que correteaban, jugaban y gritaban al salir del colegio.

Por la noche solía estar vacío, excepto los viernes y los sábados que servía de refugio de los preadolescentes en sus primeras veladas etílicas, esos jóvenes demasiado pequeños para entrar en los locales pero demasiado impacientes por vivir las experiencias reservadas a gente un par de años mayores y que optaban por comprar cerveza a algún tendero que no preguntaba la edad a sus clientes.

Uno de los laterales del parque era una parada del autobús que comunicaba ese barrio con el centro de la ciudad. Media hora antes de que comenzaran las jornadas laborales se llenaba de gente con ojos somnolientos que habían rechazado la idea de intentar aparcar en el centro y preferían moverse con el transporte público. En ocasiones, alguno de los ancianos habituales de la plaza llegaba antes que sus contertulios y trataba de matar el tiempo entablando conversación con alguien de la parada. Sin embargo, todo el mundo ocupaba sus oídos con reproductores de música y pocas veces pasaban de un insustancial diálogo sobre los cambios del clima.

El lado paralelo era la zona con mayor paso de vecinos. Era en esa calle donde se concentraba el mayor número de fruterías, panaderías y tiendas de barrio hasta desembocar en dos colegios.

El tercer lateral se había destinado a colocar los contenedores de basura de los vecinos a los que, con el tiempo, se habían ido sumando los de reciclaje de residuos.

No era una plaza excepcional. Esa ciudad era conocida por tener un gran número de zonas verdes. Zonas corrientes como esa, llenas de gentes comunes como las que habitan cualquier ciudad, con las mismas preocupaciones y vivencias que el resto de personas. Sin embargo, esa plaza había visto pasar el tiempo, se había amoldado a las necesidades de esos vecinos que había visto crecer… esos vecinos que, en su mayoría, desconocían cuál era su nombre real.

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