Desde que tengo recuerdos, mi familia y yo vamos un domingo al mes a ver a mis abuelos. Hasta hace unos seis años vivían en un edificio de Benidorm, el típico con 22 pisos y una gran piscina comunitaria. Cuando se jubilaron, poco antes de que mi abuela enviudara, se mudaron a una urbanización en las afueras de l’Alfás del Pi donde la mayoría de vecinos eran alemanes.
Ser la nieta mayor tenía el inconveniente de que, hasta el nacimiento de mi hermana, yo era la única niña en estas visitas. Mientras los adultos hablaban de cosas que no entendía, yo me aburría y ojeaba números atrasados de la Cosmopolitan o de Hola! o veía los aburridos programas que emiten por la televisión cada domingo. Alguna mañana dábamos una vuelta por el mercadillo, pero siempre volvíamos pronto porque había que hacer la comida… y mi abuela cocinaba como si durante el resto de la semana no nos alimentáramos.
Sé que mi abuelo aún vivía. Sin embargo, no soy capaz de ubicarlo en ninguna de esas escenas. Supongo que es porque él seguía su propia rutina: antes de comer, se iba con mis tíos al bar para refrescarse; con el estómago ya lleno, se sentaba en su sillón favorito a dormir, roncando como yo no había escuchando antes.
Cuando mi hermana nació, se rompió ligeramente el ritmo de estas visitas. Pocos meses después nació mi primer primo por parte materna, así que ya no era posible aburrirse.
Aquel día mi hermana no tendría más de cuatro años y yo rondaba los doce. Fue una visita normal, de la que no recuerdo nada en especial. Imagino que mi abuelo cumplió su ritual, que mi abuela le hablaría a mi madre de gente que no recordaba, que mis tías hablarían de trabajo y que ya habrían comenzado las primeras discusiones por el testamento de mi bisabuelo. Lo de siempre.
El problema vino durante las despedidas. No me gustaba tener que besar a todos así que aprovechaba que siempre abrían la puerta antes de tiempo para salir al rellano con mi hermana y esperar allí a nuestros padres. Nuestra coartada era que, como había tantos vecinos, teníamos que estar atentas a que el ascensor se desocupara para llamarlo, si no, nunca podríamos salir de allí.
Mientras mi abuela le daba a mi madre alimentos de su último viaje al pueblo, mi tía nos dijo que, si el ascensor seguía ocupado, siempre podíamos bajar por las escaleras.
Y entonces fue cuando ocurrió.
No sé cómo.
No recuerdo que bajara la guardia.
Sólo puedo decir que mi madre me preguntó extrañada por mi hermana y la pequeña ya no estaba a mi lado.
No había subido al ascensor.
No había nadie más que nosotros.
No había ninguna forma de salir de allí sin que la viéramos.
Y, sin embargo, no estaba.
Recorrieron buena parte del edificio buscándola.
Intentaron pedir ayuda a los vecinos.
Y seguía sin aparecer.
Yo seguía sin entender cómo era posible que se hubiera ido si no había dejado de hablar con ella en ningún momento.
Tras unos veinte minutos de angustia y tensión, alguien dijo que avisáramos a la policía que una niña tan pequeña no podía irse por su propia voluntad. Un eufemismo de “alguien se la ha llevado”.
Por suerte, no hizo falta descolgar el teléfono. La vecina del último piso apareció con ella de la mano. Se la había encontrado desorientada en su puerta llamando a nuestra abuela. Después nos dijo que, como el ascensor seguía sin venir, hizo caso a mi tía y bajó por las escaleras… pero confundió bajar con subir y llegó hasta la última planta.
Ahora, mi abuela vive en una casita de una planta y tiene tres nietas de cuatro años que revolotean como mi hermana aquel día.
Ahora, nadie les quita ojo de encima.
Y la puerta, siempre está cerrada.