Contextualizando…

Diciembre 1, 2008 at 11:06 am (Trabajos universidad) (, , , )

El siguiente texto pertenece a un ejercicio de clase.
El trabajo consistía en volver a contar una historia ya narrada pero desde el punto de vista de otro personaje.
El cuento elegido fue
La Catedral de Raymond Carver.

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Mi esposa acababa de morir. Mis suegros me sugirieron pasar algún tiempo con ellos en Connecticut, para no estar solo. Aunque no lo veía muy claro acabaron por convencerme: no estaba preparado para la soledad y así podía aprovechar para visitar a una vieja amiga.

La conocí diez años atrás. Ella necesitaba trabajo y yo unos ojos que leyeran por mí. Puse un anuncio en el periódico y llamó. Me gustaba su timbre de voz. Cuando salió de mi casa, el puesto ya era suyo. Trabajó para mi todo el verano y nos hicimos buenos amigos. El último día le pregunté si podía tocar su cara, para descubrir sus facciones. Ella accedió. Toqué toda su cara, la nariz, el cuello. Tenía la piel suave y las líneas delicadas.

Cuando terminó el verano se despidió. Se casó con su primer amor, un teniente, y se mudaron. Le di mi número de teléfono para que nuestra amistad no se diluyera. Un año después me llamó por primera vez. Tenía ganas de hablar. Me contó cómo le iba de casada, lo enamorada que estaba de su marido y lo poco que le gustaba la vida que llevaba. Le pedí que grabara todo lo que quería decirme y que me enviara la cinta.
Por aquel entonces yo ya conocía a Beulah, mi mujer. Ella fue mis ojos después del verano. Poco a poco, pasó a ser algo más y, meses después, le pedí matrimonio. Nos casamos por la iglesia, como ella quería. En una ceremonia íntima, como yo quería. Fuimos inseparables durante hasta que el cáncer se volvió más fuerte que nosotros. Murió en el hospital, mientras yo guardaba sus manos entre las mías.
Mi amiga no había dejado de enviarme cintas, desde diferentes bases aéreas. En todas me contaba lo mucho que amaba a su marido y lo infeliz que era. Me confesó que había intentado suicidarse, me contó que se había divorciado y, de vez en cuando, me leía alguno de sus poemas inacabados.
Yo le contaba cuánto amaba a mi mujer y lo duro que estaba siendo vivir con el cáncer. Los avances que hacíamos y los problemas que surgían.

Diez años después, volvíamos a encontrarnos. Yo había enviudado, ella había vuelto a casarse, pero nuestra amistad se había conservado.

Viajé en tren durante cinco horas. La última vez que subí en tren era un niño. Había pasado tanto tiempo que no recordaba esa sensación. Ella me esperaba en la estación. Me recogió en el andén, me ayudó con mi equipaje y me abrazó. Subimos en su coche y hablamos. Me contó que su marido estaba nervioso. No veía bien que un amigo de su mujer pasara una noche con ellos. Y le costaba aceptar que fuera ciego.
Su marido aparecía en casi todas sus cintas. Me decía que le quería. No tanto como a su primer marido pero era una vida más tranquila. Y, con eso, a ella le bastaba.

Llegamos a su casa, me ayudó a bajar del coche y me llevó del brazo hasta la puerta. Su marido nos esperaba.
- Te presento a Robert – dijo ella-. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él.
Dejé la maleta en el suelo y le tendí la mano.
Acababan de presentarnos. Pero gracias a las cintas de su mujer, era amigo mío desde mucho antes.
- Tengo la impresión de que ya nos conocemos – le dije para romper el hielo.
- Yo también – le oí dubitativo -: Bienvenido. He oído hablar mucho de usted.
Entramos en la casa. Mi amiga me agarraba por el brazo y me guiaba por toda la estancia. Me condujo hasta el sofá mientras me indicaba dónde estaba el resto del mobiliario.
Ya sentado, su marido empezó a hablar.
- ¿Has tenido buen viaje? ¿En qué lado del tren ha venido sentado?
A ella pareció desconcertarle la pregunta. Creo que estaba más nerviosa que él.
- ¡Vaya pregunta, en qué lado! ¿Qué importancia tiene?
- En el lado derecho – intervine.

Y les conté que había pasado cuarenta años desde la última vez que viajé en tren.
- Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? – le pregunté.
- Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert, ¡qué contenta estoy de verte, Robert!
Repitió mi nombre tres veces en la misma frase. Definitivamente, estaba nerviosa.
Escuché a su marido moverse. Después, escuché ruido de cristal. Botellas y vasos.
- Voy a servirle una copa – me dijo -. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.
- Sólo bebo whisky escocés, muchacho.- contesté.

Busqué mi maleta. No recordaba dónde la había dejado. La encontré junto al sofá, al lado de mis piernas.
- La llevaré a tu habitación – me dijo mi amiga.
- No, está bien. Ya la llevaré yo cuando suba – le respondí.
Él seguía trasteando con las botellas y los vasos.
- ¿Con un poco de agua, el whisky? – le escuché.
- Sólo una gota – dije -. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky.
Mi amiga se echó a reír. En ese momento, me di cuenta de que nunca más escucharía la risa de Beulah. En ese momento, me di cuenta de que la echaría mucho de menos. Me tocaba la barba. Lo hacía siempre que pensaba en ella.

Ya con la copa en mi mano, nos pusimos cómodos y hablamos. Les conté los viajes que había hecho esos días. Primero, en avión desde la costa Oeste hasta la casa de mis suegros. Después, desde allí hasta aquí, en tren. Muchas horas. Muchas anécdotas. Tantas, que necesitamos otra copa. En una mano tenía la bebida. En la otra, un cigarrillo. Y mientras, no paraba de hablar. Me gustaba esa sensación.

Poco después, me llevaron a la mesa para cenar. Olía a filete y patatas.
- Ahí tiene pan y mantequilla – me dijo el muchacho -. Y ahora, recemos.
Bajé la cabeza. Junté las manos.
- Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría.
Comimos mucho. Sin parar.

Después, volvimos al sofá. Mi amiga y yo hablamos de todo lo que había pasado durante esos diez años. Su marido casi no participaba. Le noté incómodo. Hablé de mis aficiones, de la radio y de los amigos que había hecho gracias a ella.
De vez en cuando le preguntaba algo al muchacho, pero sus respuestas monosilábicas impedían cualquier conversación.
- Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert – dijo mi amiga – Quiero que te sientas a gusto en esta casa.
- Lo estoy – aseguré.
Y era cierto.

La televisión estaba encendida. El muchacho me ofreció otra copa. La acepté. Me dijo que acababa de hacer un porro. Le dije que lo probaría. Mi amiga me dijo que mi cama estaba hecha. Pero yo disfrutaba de la compañía del matrimonio.

Escuché que en la televisión hablaban sobre la Edad Media.
Mi nuevo amigo intentaba explicarme lo que se veía por la pantalla. Pero, estaba tan acostumbrado a las imágenes, que le costaba describirlas.
El narrador del documental hablaba sobre las catedrales. A veces callaba. Imagino que pensaba que no era necesario hablar cuando las imágenes se explican por sí solas.
- Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia.
- ¿Son pinturas al fresco, muchacho? – le pregunté.
Le puse en un aprieto. No lo sabía.
Se le ocurrió algo.
- ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir?
Nunca había podido palpar ninguna. Ni una maqueta a escala. Sólo sabía lo que decía el narrador del documental en la televisión. Palabras, datos, fechas. Cosas abstractas.
Le pedí que describiera una.
- Para empezar, son muy altas. Suben muy arriba. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo.
Yo asentía con la cabeza mientras él describía. Hablaba sin coherencia. Y lo sabía.
- No se lo explico muy bien, ¿verdad? – me dijo.- Tendrá que perdonarme. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz.

Se me ocurrió algo.
- ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Dibujaremos juntos una catedral.
Le escuché subir las escaleras. Le escuché bajar las escaleras. Le escuché poner un trozo de papel encima de la mesita.
Me senté en la alfombra, a su lado. Toqué el papel para ver su tamaño.
- Muy bien – dije-. Vamos a hacerla.
Y el muchacho empezó a dibujar. Mi mano seguía a la suya. Sentí todos los trazos. Noté todas las líneas sobre el papel.

Mi amiga abrió los ojos. Debió sorprenderle la imagen.
- ¿Qué estáis haciendo? – preguntó.
- Estamos dibujando una catedral – le contesté-. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora pon gente. ¿Qué es una catedral sin gente?
- ¿Qué pasa? ¿Qué estáis haciendo? – volvió a preguntar ella.
- Todo va bien – le dije a ella.- Ahora, cierra los ojos – le dije a él -. No pares de dibujar.
Y seguimos. Los dos. Sin ver el papel. Estábamos dibujando una catedral.
- Creo que ya está. Echa una mirada. ¿Qué te parece?
Se quedó callado durante unos segundos. Nunca imaginó que podría hacerlo.
- Es verdaderamente extraordinario – me dijo.

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