Contextualizando…

Diciembre 1, 2008 at 11:06 am (Trabajos universidad) (, , , )

El siguiente texto pertenece a un ejercicio de clase.
El trabajo consistía en volver a contar una historia ya narrada pero desde el punto de vista de otro personaje.
El cuento elegido fue
La Catedral de Raymond Carver.

*******

Mi esposa acababa de morir. Mis suegros me sugirieron pasar algún tiempo con ellos en Connecticut, para no estar solo. Aunque no lo veía muy claro acabaron por convencerme: no estaba preparado para la soledad y así podía aprovechar para visitar a una vieja amiga.

La conocí diez años atrás. Ella necesitaba trabajo y yo unos ojos que leyeran por mí. Puse un anuncio en el periódico y llamó. Me gustaba su timbre de voz. Cuando salió de mi casa, el puesto ya era suyo. Trabajó para mi todo el verano y nos hicimos buenos amigos. El último día le pregunté si podía tocar su cara, para descubrir sus facciones. Ella accedió. Toqué toda su cara, la nariz, el cuello. Tenía la piel suave y las líneas delicadas.

Cuando terminó el verano se despidió. Se casó con su primer amor, un teniente, y se mudaron. Le di mi número de teléfono para que nuestra amistad no se diluyera. Un año después me llamó por primera vez. Tenía ganas de hablar. Me contó cómo le iba de casada, lo enamorada que estaba de su marido y lo poco que le gustaba la vida que llevaba. Le pedí que grabara todo lo que quería decirme y que me enviara la cinta.
Por aquel entonces yo ya conocía a Beulah, mi mujer. Ella fue mis ojos después del verano. Poco a poco, pasó a ser algo más y, meses después, le pedí matrimonio. Nos casamos por la iglesia, como ella quería. En una ceremonia íntima, como yo quería. Fuimos inseparables durante hasta que el cáncer se volvió más fuerte que nosotros. Murió en el hospital, mientras yo guardaba sus manos entre las mías.
Mi amiga no había dejado de enviarme cintas, desde diferentes bases aéreas. En todas me contaba lo mucho que amaba a su marido y lo infeliz que era. Me confesó que había intentado suicidarse, me contó que se había divorciado y, de vez en cuando, me leía alguno de sus poemas inacabados.
Yo le contaba cuánto amaba a mi mujer y lo duro que estaba siendo vivir con el cáncer. Los avances que hacíamos y los problemas que surgían.

Diez años después, volvíamos a encontrarnos. Yo había enviudado, ella había vuelto a casarse, pero nuestra amistad se había conservado.

Viajé en tren durante cinco horas. La última vez que subí en tren era un niño. Había pasado tanto tiempo que no recordaba esa sensación. Ella me esperaba en la estación. Me recogió en el andén, me ayudó con mi equipaje y me abrazó. Subimos en su coche y hablamos. Me contó que su marido estaba nervioso. No veía bien que un amigo de su mujer pasara una noche con ellos. Y le costaba aceptar que fuera ciego.
Su marido aparecía en casi todas sus cintas. Me decía que le quería. No tanto como a su primer marido pero era una vida más tranquila. Y, con eso, a ella le bastaba.

Llegamos a su casa, me ayudó a bajar del coche y me llevó del brazo hasta la puerta. Su marido nos esperaba.
- Te presento a Robert – dijo ella-. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él.
Dejé la maleta en el suelo y le tendí la mano.
Acababan de presentarnos. Pero gracias a las cintas de su mujer, era amigo mío desde mucho antes.
- Tengo la impresión de que ya nos conocemos – le dije para romper el hielo.
- Yo también – le oí dubitativo -: Bienvenido. He oído hablar mucho de usted.
Entramos en la casa. Mi amiga me agarraba por el brazo y me guiaba por toda la estancia. Me condujo hasta el sofá mientras me indicaba dónde estaba el resto del mobiliario.
Ya sentado, su marido empezó a hablar.
- ¿Has tenido buen viaje? ¿En qué lado del tren ha venido sentado?
A ella pareció desconcertarle la pregunta. Creo que estaba más nerviosa que él.
- ¡Vaya pregunta, en qué lado! ¿Qué importancia tiene?
- En el lado derecho – intervine.

Y les conté que había pasado cuarenta años desde la última vez que viajé en tren.
- Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? – le pregunté.
- Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert, ¡qué contenta estoy de verte, Robert!
Repitió mi nombre tres veces en la misma frase. Definitivamente, estaba nerviosa.
Escuché a su marido moverse. Después, escuché ruido de cristal. Botellas y vasos.
- Voy a servirle una copa – me dijo -. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.
- Sólo bebo whisky escocés, muchacho.- contesté.

Busqué mi maleta. No recordaba dónde la había dejado. La encontré junto al sofá, al lado de mis piernas.
- La llevaré a tu habitación – me dijo mi amiga.
- No, está bien. Ya la llevaré yo cuando suba – le respondí.
Él seguía trasteando con las botellas y los vasos.
- ¿Con un poco de agua, el whisky? – le escuché.
- Sólo una gota – dije -. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky.
Mi amiga se echó a reír. En ese momento, me di cuenta de que nunca más escucharía la risa de Beulah. En ese momento, me di cuenta de que la echaría mucho de menos. Me tocaba la barba. Lo hacía siempre que pensaba en ella.

Ya con la copa en mi mano, nos pusimos cómodos y hablamos. Les conté los viajes que había hecho esos días. Primero, en avión desde la costa Oeste hasta la casa de mis suegros. Después, desde allí hasta aquí, en tren. Muchas horas. Muchas anécdotas. Tantas, que necesitamos otra copa. En una mano tenía la bebida. En la otra, un cigarrillo. Y mientras, no paraba de hablar. Me gustaba esa sensación.

Poco después, me llevaron a la mesa para cenar. Olía a filete y patatas.
- Ahí tiene pan y mantequilla – me dijo el muchacho -. Y ahora, recemos.
Bajé la cabeza. Junté las manos.
- Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría.
Comimos mucho. Sin parar.

Después, volvimos al sofá. Mi amiga y yo hablamos de todo lo que había pasado durante esos diez años. Su marido casi no participaba. Le noté incómodo. Hablé de mis aficiones, de la radio y de los amigos que había hecho gracias a ella.
De vez en cuando le preguntaba algo al muchacho, pero sus respuestas monosilábicas impedían cualquier conversación.
- Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert – dijo mi amiga – Quiero que te sientas a gusto en esta casa.
- Lo estoy – aseguré.
Y era cierto.

La televisión estaba encendida. El muchacho me ofreció otra copa. La acepté. Me dijo que acababa de hacer un porro. Le dije que lo probaría. Mi amiga me dijo que mi cama estaba hecha. Pero yo disfrutaba de la compañía del matrimonio.

Escuché que en la televisión hablaban sobre la Edad Media.
Mi nuevo amigo intentaba explicarme lo que se veía por la pantalla. Pero, estaba tan acostumbrado a las imágenes, que le costaba describirlas.
El narrador del documental hablaba sobre las catedrales. A veces callaba. Imagino que pensaba que no era necesario hablar cuando las imágenes se explican por sí solas.
- Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia.
- ¿Son pinturas al fresco, muchacho? – le pregunté.
Le puse en un aprieto. No lo sabía.
Se le ocurrió algo.
- ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir?
Nunca había podido palpar ninguna. Ni una maqueta a escala. Sólo sabía lo que decía el narrador del documental en la televisión. Palabras, datos, fechas. Cosas abstractas.
Le pedí que describiera una.
- Para empezar, son muy altas. Suben muy arriba. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo.
Yo asentía con la cabeza mientras él describía. Hablaba sin coherencia. Y lo sabía.
- No se lo explico muy bien, ¿verdad? – me dijo.- Tendrá que perdonarme. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz.

Se me ocurrió algo.
- ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Dibujaremos juntos una catedral.
Le escuché subir las escaleras. Le escuché bajar las escaleras. Le escuché poner un trozo de papel encima de la mesita.
Me senté en la alfombra, a su lado. Toqué el papel para ver su tamaño.
- Muy bien – dije-. Vamos a hacerla.
Y el muchacho empezó a dibujar. Mi mano seguía a la suya. Sentí todos los trazos. Noté todas las líneas sobre el papel.

Mi amiga abrió los ojos. Debió sorprenderle la imagen.
- ¿Qué estáis haciendo? – preguntó.
- Estamos dibujando una catedral – le contesté-. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora pon gente. ¿Qué es una catedral sin gente?
- ¿Qué pasa? ¿Qué estáis haciendo? – volvió a preguntar ella.
- Todo va bien – le dije a ella.- Ahora, cierra los ojos – le dije a él -. No pares de dibujar.
Y seguimos. Los dos. Sin ver el papel. Estábamos dibujando una catedral.
- Creo que ya está. Echa una mirada. ¿Qué te parece?
Se quedó callado durante unos segundos. Nunca imaginó que podría hacerlo.
- Es verdaderamente extraordinario – me dijo.

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Octubre 26, 2008 at 1:07 pm (Relatos, Trabajos universidad)

Desde que tengo recuerdos, mi familia y yo vamos un domingo al mes a ver a mis abuelos. Hasta hace unos seis años vivían en un edificio de Benidorm, el típico con 22 pisos y una gran piscina comunitaria. Cuando se jubilaron, poco antes de que mi abuela enviudara, se mudaron a una urbanización en las afueras de l’Alfás del Pi donde la mayoría de vecinos eran alemanes.

Ser la nieta mayor tenía el inconveniente de que, hasta el nacimiento de mi hermana, yo era la única niña en estas visitas. Mientras los adultos hablaban de cosas que no entendía, yo me aburría y ojeaba números atrasados de la Cosmopolitan o de Hola! o veía los aburridos programas que emiten por la televisión cada domingo. Alguna mañana dábamos una vuelta por el mercadillo, pero siempre volvíamos pronto porque había que hacer la comida… y mi abuela cocinaba como si durante el resto de la semana no nos alimentáramos.

Sé que mi abuelo aún vivía. Sin embargo, no soy capaz de ubicarlo en ninguna de esas escenas. Supongo que es porque él seguía su propia rutina: antes de comer, se iba con mis tíos al bar para refrescarse; con el estómago ya lleno, se sentaba en su sillón favorito a dormir, roncando como yo no había escuchando antes.

Cuando mi hermana nació, se rompió ligeramente el ritmo de estas visitas. Pocos meses después nació mi primer primo por parte materna, así que ya no era posible aburrirse.

Aquel día mi hermana no tendría más de cuatro años y  yo rondaba los doce. Fue una visita normal, de la que no recuerdo nada en especial. Imagino que mi abuelo cumplió su ritual, que mi abuela le hablaría a mi madre de gente que no recordaba, que mis tías hablarían de trabajo y que ya habrían comenzado las primeras discusiones por el testamento de mi bisabuelo. Lo de siempre.

El problema vino durante las despedidas. No me gustaba tener que besar a todos así que aprovechaba que siempre abrían la puerta antes de tiempo para salir al rellano con mi hermana y esperar allí a nuestros padres. Nuestra coartada era que, como había tantos vecinos, teníamos que estar atentas a que el ascensor se desocupara para llamarlo, si no, nunca podríamos salir de allí.

Mientras mi abuela le daba a mi madre alimentos de su último viaje al pueblo, mi tía nos dijo que, si el ascensor seguía ocupado, siempre podíamos bajar por las escaleras.

Y entonces fue cuando ocurrió.
No sé cómo.
No recuerdo que bajara la guardia.
Sólo puedo decir que mi madre me preguntó extrañada por mi hermana y la pequeña ya no estaba a mi lado.
No había subido al ascensor.
No había nadie más que nosotros.
No había ninguna forma de salir de allí sin que la viéramos.
Y, sin embargo, no estaba.

Recorrieron buena parte del edificio buscándola.
Intentaron pedir ayuda a los vecinos.
Y seguía sin aparecer.
Yo seguía sin entender cómo era posible que se hubiera ido si no había dejado de hablar con ella en ningún momento.

Tras unos veinte minutos de angustia y tensión, alguien dijo que avisáramos a la policía que una niña tan pequeña no podía irse por su propia voluntad. Un eufemismo de “alguien se la ha llevado”.

Por suerte, no hizo falta descolgar el teléfono. La vecina del último piso apareció con ella de la mano. Se la había encontrado desorientada en su puerta llamando a nuestra abuela. Después nos dijo que, como el ascensor seguía sin venir, hizo caso a mi tía y bajó por las escaleras… pero confundió bajar con subir y llegó hasta la última planta.

Ahora, mi abuela vive en una casita de una planta y tiene tres nietas de cuatro años que revolotean como mi hermana aquel día.
Ahora, nadie les quita ojo de encima.
Y la puerta, siempre está cerrada.

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Sonrisa empaquetada

Octubre 19, 2008 at 4:32 pm (Relatos, Trabajos universidad)

Se llamaba Kahndan, que en su idioma nativo significaba sonrisa. Su nombre la definía bien: tiempo atrás fue una risueña y coqueta niña que disfrutaba jugando con su hermana, Boosah, y persiguiendo a su pequeño perro.

Ahora, tenía ocho años, aunque sus oscuros ojos habían vivido más que los de cualquier adulto. Su madre murió mientras daba a luz al que hubiera sido su tercer hermano. Su padre, deprimido, enfermó poco después.

Cuando los dos vivían, Kahndan iba todas las mañanas al colegio donde empezaba a tomar contacto con la escritura y los números. Siempre había soñado con ser enfermera, quería curar al resto de niños y, aunque sus padres sabían que era casi imposible que lo lograra, la animaban a que lo intentara. En los descansos era habitual escuchar su risa mientras jugaba con el resto de niñas. Después, volvía corriendo a casa para ayudar a su madre a limpiar la casa y a cuidar de la pequeña huerta, principal fuente de alimentación de la familia.

El único recuerdo que le quedaba de todo aquello era la canción que su madre tarareaba mientras le trenzaba el pelo antes de ir a clase. Una melodía que ocupaba gran parte de sus pensamientos ahora que se sentía sola y abatida. Eso, y una pequeña caja de cartón de la que no se separaba nunca.

Tenía ocho años, sí, pero ya no era una niña y la crudeza de sus facciones lo demostraba. El Sol oscureció su piel, el trabajo en el campo le quitó toda la suavidad a sus manos y la escasez de los alimentos fue la culpable de que dejara de crecer tan pronto y perdiera peso a un gran ritmo.

Kahndan seguía siendo coqueta, seguía peinando su pelo con una trenza aunque se deshacía continuamente por culpa del viento. Intentaba mantener su ropa todo lo limpia que podía, pero la arena del desierto se lo ponía difícil.

No apareció más por la escuela, asumió la responsabilidad de la casa y se ocupó de su hermana. Su sueño de ser enfermera quedó en eso, un sueño inalcanzable, y la realidad le abofeteó con más fuerza de la que su joven mente era capaz de soportar. Aún así, nunca lloró. Aceptó con madurez la situación y luchó para que su hermana viviera lo mejor posible.

No contaba con la ayuda de ningún vecino, eran tiempos de pobreza y nadie lo estaba pasando mejor que ellas. Ya no había niños, ahora todos trabajaban como adultos tanto si tenían doce años como si aún no había cumplido los cinco.

Pero ¿por qué era tan importante para ella esa caja? Nadie sabía lo que guardaba, jamás la abría en público, y la defendía con todas sus fuerzas si otros pequeños adultos intentaban arrebatársela.

Guardaba su pasado, pequeños objetos que le recordaban que hacía no mucho tiempo había sido la niña más feliz de la zona. El día que cumplió seis años, su padre le regaló una muñeca hecha con retales de ropas viejas y paja. Su hermana recorrió el poblado en busca de flores o plantas para poder hacerle un ramo, tarea difícil con la sequía permanente que sufrían. Meses más tarde, su madre y ella dedicaron una lluviosa tarde a pintar piedrecitas con arcilla.

Cuando Boosah dormía, se sentaba en un pequeño rincón de la choza y vaciaba la caja sobre el suelo. Entonces, jugaba y se comportaba como la niña que nunca dejó de ser. Sus ojos volvían a iluminarse y su pequeña carita volvía a llenarse con esa sonrisa que, en otro tiempo, había llenado de felicidad a toda una familia.

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La excepcionalidad de lo cotidiano

Octubre 9, 2008 at 6:39 pm (Relatos, Trabajos universidad)

La pequeña parcela triangular había sufrido muchos cambios desde sus inicios.

Había sido concebida como una plaza rodeada de frondosos y altos árboles, que conseguían darle un aspecto oscuro y misterioso, y situada ligeramente por encima del nivel de la calle, lo que obligaba a acceder a ella mediante unas rampas instaladas en las dos entradas. Una plaza que, en aquellos años, formaba parte del barrio más joven de la ciudad, una zona que casi podría considerarse de las afueras.

Tras unos cuantos años, y después de un largo historial de resbalones y quejas vecinales, comenzaron las obras que la convirtieron en un luminoso parque totalmente plano y rodeado de jardineras que lo teñían de diferentes matices según la estación del año. La construcción, como aseguraron los promotores, había integrado al barrio con el resto de la ciudad y los habitantes ya no tenían la sensación de abandono que les apoderó al adquirir sus viviendas.

Lo único que había permanecido invariable al paso del tiempo era ese olor característico a carburante que nacía en una gasolinera ubicada en la acera de enfrente. Un olor que al mediodía, especialmente durante los fines de semana, se entremezclaba con el aroma de la comida preparada para llevar de un par de restaurantes cercanos. Una mezcla que, sin duda, dotaba al lugar de una atmósfera propia que la diferenciaba del resto de zonas verdes de la ciudad.

Las últimas obras no sólo trajeron la luz al jardín, también lo llenaron de cómodos bancos que solían permanecer ocupados.

Por el día era frecuente encontrar allí a los más mayores del barrio que se concentraban desde primeras horas de la mañana para compartir las reflexiones del día o simplemente leer el periódico en compañía y olvidar, por unos momentos, que la soledad les esperaba pacientemente en casa. No estaba escrito en ningún sitio pero cada uno tenía su sitio reservado en los bancos y si alguien faltaba a su cita más de dos días seguidos, el resto le llamaba por teléfono o se acercaba a su vivienda para comprobar que todo estaba bien.

Cuando caía la tarde les cedían su puesto a las madres que comían pipas y debatían entre ellas sin perder de vista a sus hijos que correteaban, jugaban y gritaban al salir del colegio.

Por la noche solía estar vacío, excepto los viernes y los sábados que servía de refugio de los preadolescentes en sus primeras veladas etílicas, esos jóvenes demasiado pequeños para entrar en los locales pero demasiado impacientes por vivir las experiencias reservadas a gente un par de años mayores y que optaban por comprar cerveza a algún tendero que no preguntaba la edad a sus clientes.

Uno de los laterales del parque era una parada del autobús que comunicaba ese barrio con el centro de la ciudad. Media hora antes de que comenzaran las jornadas laborales se llenaba de gente con ojos somnolientos que habían rechazado la idea de intentar aparcar en el centro y preferían moverse con el transporte público. En ocasiones, alguno de los ancianos habituales de la plaza llegaba antes que sus contertulios y trataba de matar el tiempo entablando conversación con alguien de la parada. Sin embargo, todo el mundo ocupaba sus oídos con reproductores de música y pocas veces pasaban de un insustancial diálogo sobre los cambios del clima.

El lado paralelo era la zona con mayor paso de vecinos. Era en esa calle donde se concentraba el mayor número de fruterías, panaderías y tiendas de barrio hasta desembocar en dos colegios.

El tercer lateral se había destinado a colocar los contenedores de basura de los vecinos a los que, con el tiempo, se habían ido sumando los de reciclaje de residuos.

No era una plaza excepcional. Esa ciudad era conocida por tener un gran número de zonas verdes. Zonas corrientes como esa, llenas de gentes comunes como las que habitan cualquier ciudad, con las mismas preocupaciones y vivencias que el resto de personas. Sin embargo, esa plaza había visto pasar el tiempo, se había amoldado a las necesidades de esos vecinos que había visto crecer… esos vecinos que, en su mayoría, desconocían cuál era su nombre real.

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El ojo de la cerradura

Junio 12, 2008 at 6:21 pm (Trabajos universidad) (, , )

Si en algo destaca la fotografía es en su capacidad para hacer eternos pequeños instantes, para hacer que adquieran importancia gestos casuales. Gracias a una foto podemos revivir sentimientos pasados, recordar sensaciones olvidadas o, incluso, descubrir nuevos matices de un hecho concreto. Tal como dice la cubierta de este libro, cada día se hacen millones de fotografías y sólo unas pocas logran el reconocimiento público. No obstante, el hecho que una destaque no les quita el mérito al resto, que siguen cumpliendo a la perfección su función de plasmar un momento concreto y hacerlo eterno.

Sin embargo, corremos el riesgo de errar, y de forma grave, si consideramos a la fotografía como un fiel reflejo de la verdad ya que ésta sólo es la representación de un pequeño fragmento de la realidad. El resto depende en gran manera de la interpretación, del contexto, de la explicación que se le dé a esa imagen. Con esto lograremos situar la imagen y darle sentido pleno.

Juan José Millás sabe esto muy bien, por ello nos presenta un libro con 31 imágenes, todas en blanco y negro, y con variados fragmentos de la actualidad de nuestra sociedad. 31 imágenes acompañadas de 31 textos, en algunos casos más acertados que otros, que contextualizan lo que vemos y le dan una mayor dimensión a la realidad representada.

Imágenes de políticos se mezclan con modelos y con la realidad en África haciendo un mosaico un tanto peculiar que trata de representar el mundo, quizás no el actual, pero sí el mundo que ve Millás. Un mundo descrito con una patente tendencia hacia la izquierda, un mundo en el que tiene cabida la desigualdad entre el norte y el sur, claramente reflejada gracias a un anuncio de zapatillas por la siempre polémica Naomi Campbell y una foto, unas pocas hojas más atrás, del drama de las pateras.

Especialmente conmovedores resultan los textos acerca de una mujer afectada por el hundimiento del barrio del Carmel (página 35), de un niño africano (página 131) o la imagen de portada, que se usa para hablar del estado de abandono de un gran número de ancianos en la Comunidad de Madrid. Gracias a estas fotos se logra personalizar una serie de problemas que, a pesar de que todos conocemos, no logramos concienciarnos lo suficiente.

Por el contrario, las imágenes de la página 31, la correspondiente a Naomi Campbell (página 39) o la de la página 71 podrían ser incluso prescindibles ya que no dan ninguna información relevante como en el caso del resto de fotografías y pueden ser incluso consideradas como vulgares.

El ojo de la cerradura se trata, pues, de una obra a la que se le podría haber sacado más provecho, quizás con otra selección de imágenes, quizás con otras descripciones. No obstante, tiene los elementos suficientes para no dejar indiferente a nadie y, con toda seguridad, esto es lo que buscaba el escritor cuando pensó en este libro.

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